La posibilidad de maternar ha sido una invitación a pasar por esos lugares en los que fui maternada…

¿Qué hacer? ¿Cómo? ¿Desde a donde? Muy lejos de dar respuestas, acá nos encontramos con preguntas que abren un camino distinto para cada quien.

Mar del plata. Verano del 91. Clínica del niño. Meningitis. Elementos que configuran un escenario. Para mi madre, el peor. 

A mis 7 años ese hall de entrada, un pasillo eterno, pinchazos, camillas, ascensores, muchos médicos, olores, estados, sensaciones, una ventana. 

Y ruidos. Para lxs que pasamos internaciones, son los ruidos a Hospital. Típicos y más que singulares. A su vez hay silencios. Silencios en uno, y en el resto, momentos de no saber qué decir, ni pensar, momentos de observación, de un estar donde parecería que el tiempo se detiene y se vuelve significativo hasta el dulzor de la compota de manzana.  

La falta de palabras no posibilitaba bordear algo del sufrimiento que se respiraba. Un dia desperté y pregunte por mi mama, una enfermera me dijo que me quede tranquila, que en un rato volvia. Había salido a hacer una visita a Perikita, (jugueteria que amaba y que visitaba cada vez que salía de tour médico) me compro una valijita de Juliana Doctora con la que me entretuve en mi estadía. 

Jugaba a lo que me sucedía: estar siendo sometida a la manipulación médica. 

¿Cuánto valor tuvo aquella posibilidad de hacer algo con eso traumático?. 

Aquella Incertidumbre encontró su cauce el día que desperte sin dolor de cabeza y mi mamá sacó de su cartera siempre repleta de cosas, un anotador y una lapicera bic amarilla con tapa azul. En un mes llegaria mi cumpleaños: me propuso hacer la lista de cumpleaños: invitadxs y la comida. Durante un largo rato, traje a cada unx de los que estarían presentes y por supuesto incluía la torta de doble piso que ella hacía bañada con chocolate con decoración de crema chantilly, un clásico de nuestra infancia. 

Mi mamá, sin saberlo, me garantizo armarme un buen pronóstico basado en la posibilidad de celebrar, nada más ni nada menos, que la vida.

Nuestro devenir se encuentra investido de múltiples escenas. Puede resultar muy tentador caer en la desolación del no saber, vernos atrapadxs por un horizonte incierto. Sin embargo, apelar a la construcción de algo que nos aporte seguridad emocional es lo que marcará la diferencia. Casi que se desprende como una necesidad imperiosa: a esa vivencia salirle al cruce con una respuesta sensible, reguladora de nuestros estados y que dará la posibilidad de ubicar un bienestar posible. 

El sentimiento de haber sido amadxs nos acompañará toda la vida a pesar de los avatares que esta pueda traer.