Viajando unas décadas atrás en el tiempo, cocinar en casa no era una opción sino la única. Es a la familia moderna a la que a veces le resulta un fastidio pensar “¿Qué comemos esta noche?”. Claramente los roles y las normas han ido cambiando -agradezco que así sea- y por eso son varias las
razones que fueron estableciendo una distancia con la cocina: la mujer que antes solo se encontraba atravesada por el universo doméstico ahora ha ido ampliando su horizonte, dando lugar a otros intereses, desarrollándose individualmente en lo profesional y vínculos sociales.

La rutina diaria, las diversas actividades, el cansancio y el estrés quizás sean los responsables de al llegar la noche optar por pedir delivery, ese gran “aliado” de las últimas décadas, o de camino a casa buscar algo ya preparado por el gran shopping de comida que desplazó al almacén de la esquina.

Acepto las transformaciones pero considero que hoy en día esta pereza es la que ha dado lugar a una industria que busca vender, que logró alejarnos del acto de cocinar, un proceso necesario para transformar y conectar lo que comeremos.

No vivimos si no comemos. Nos dañamos si no nos alimentamos bien, entonces ¿Por qué no sabemos qué estamos comiendo?

Acá es donde señalamos a algunos de los que dominan el juego. La industria alimentaria, por lo tanto parte de ella: los supermercados

Carrefour, Cencosud y Coto (esta última es la única nacional) representan el 70% del total de las ventas del sector en este rubro. Esta concentración que gracias al aparato publicitario creemos que nos resuelven la vida porque vamos a un lugar donde encontramos todo, no es más que la concentración de capitales en su máximo esplendor, la bandera flameante del capitalismo, el aplastamiento a los pequeños comercios locales, elegir sólo porque está todo en un mismo lugar. Atravesando toda esta enumeración, la desinformación sobre lo que estamos consumiendo. 

No pretendo que los miles de puestos de trabajo que generan se caigan ya, pero sí apuesto a una transición y me parece que es importante abrir los ojos y recuperar algunos hábitos de décadas anteriores. 

Estas son las razones por lo cual elijo no comprar -o evitar- los supermercados.

  • Ecológico: Los supermercados trasladan grandes distancias sus productos (no los voy a llamar alimentos) es decir,  producen mayor cantidad de emisiones de gases a la atmósfera. 
  • Ecológico: Aunque con publicidad quieran convencerte que se preocupan por la ecología, son los que más plástico utilizan envolviendo frutas y verduras en paquetes innecesarios y es más difícil generar un diálogo al respecto; imposible lograr una cita con el dueño para conversar sobre las bolsas de plástico. 
  • Económico: Consumiendo local colaboras con la economía del lugar donde estés. Con pequeños productores, comerciantes, almaceneros que buscan ser dueños de su propio negocio y no empleados de una multinacional. 
  • Salud: Elegir consumir local o regional es elegir productos más frescos y tener más conocimiento sobre lo que estoy eligiendo. De esta manera elegir un budin casero antes que uno marca Coto te aleja de los ultraprocesados, una batalla que necesitamos dar para reparar el deterioro en la salud de la sociedad.
  • Social: Elegir comprar local es un contacto más directo en la relación consumidor-proveedor. Nos reconecta con quien está del otro lado, con quién produce tu alimento y reparamos de alguna manera los vínculos que la era digital está destruyendo.

La foto es en el mercado de Cusco, Perú y al menos a mi me da muchísima satisfacción la diversidad y esa comunión que se dan en las ferias y los mercados.